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El día que dejé de fumar I

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Cuenta la historia que allá por el año 1492, en los tiempos de la colonización, tras la vuelta a tierras españolas luego de su travesía por Indias, Rodrigo de Jerez fue encarcelado por la Inquisición acusado de brujería: “solo los demonios pueden dar a un hombre el poder de sacar humo por la boca” le dijeron antes de matarlo. Él había prendido el primer cigarrillo.

La acusación, aunque injusta y bárbara, encierra algo de verdad: el tabaco que fuma el hombre, no es una herramienta india; es una arma creada por vaya uno a saber quién -no nos vamos a poner supersticiosos-. Tal vez una venganza del indio, quién sabe. Lo cierto es que, de cualquier modo, aún al día de hoy, el cigarrillo representa una de las formas más efectivas de exterminio que tiene el hombre. Si fue una venganza, habrá de ser la más inteligente de todas.

Irónicamente, dejar de fumar es uno de los ejercicios más repetidos pero menos exitosos. Muchos sujetos, día a día, intentan olvidar el cigarrillo: algunos, finalmente, recuerdan donde lo dejaron. Otros nunca más vuelven a probar uno en su vida.

Derrotar al cigarrillo es posible. Nunca se deben bajar los brazos. Y, quizás, la mejor forma de comenzar esa lucha es descubriendo las gratitudes de abandonar el habito.

Eso haremos hoy: aprender, al menos, por qué debemos dejar de fumar.

Repasemos puntos importantes.

Beneficios inmediatos que se producen en el organismo al dejar de fumar

Mucha gente subestima los beneficios, inmediatos, de dejar de fumar. Es muy importante decidirse, o al menos intentarlo, pues, de hacerlo, ya en el corto plazo, podremos gozar de mejorías a nivel circulatorio pues comienzan a descender los niveles de monóxido de carbono en la sangre (este monóxido es un gas que se encuentra en el humo del cigarrillo y que reduce la capacidad de la sangre de transportar oxígeno).

Por otra parte, el pulso y la presión arterial del fumador retirado también comenzarán a estabilizarse y, como si fuera poco, aún a los pocos días de haber dejado de fumar, regresan los sentidos del gusto, del olfato de la persona y la respiración se hace cada vez más sencilla.

El cigarrillo, a largo plazo: ¿cuánto cambia mi cuerpo?

No es un simple dato más, es más bien una estadística real y concreta: las personas que dejan de fumar viven más que las que siguen fumando. Esta comprobado que, tras aproximadamente una década de convivir con el vicio, el riesgo de muerte prematura en una fumador se aproxima al de una persona que no ha fumado nunca hasta casi igualarse. En efecto, cerca de diez años después de dejar de fumar, el riesgo de un ex fumador de morir de cáncer de pulmón es… ¡un cincuenta por ciento menor que el riesgo de los que continúan fumando! Por otra parte, las mujeres que dejan el habito antes de embarazarse o en los primeros tres meses, pueden impedir el riesgo de peso bajo para el bebé al tiempo de su nacimiento y reducir males mayores.

Dejar de fumar reduce, también, el riesgo de otras enfermedades graves, peligrosas como las cardíacas y las pulmonares crónicas. También el cáncer (a continuación el detalle).

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