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Hacer nada, hace mal

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No hacer nada, hace mal. Parece una contradicción, pero es así. Nada tiene que ver aquí la justicia, la retribución o el karma -sí quizás haya una cuestión literaria, pero lo veremos más adelante-. Básicamente las consecuencias son de índole física. Solo eso.

No hacer nada hace mal.

El hombre debe preocuparse por cuidar su organismo y, como vemos, mantenerlo protegido dentro de un marco cual si fuera un cuadro no es una opción. Para, resguardar nuestra la salud debemos, claro, “arriesgarla”, por decirlo de algún modo exagerado.

Hacer ejercicio, en todos los casos, implica un cierto grado de sufrimiento y sacrificio pero, sinceramente, son mucho peores las consecuencias provenientes de evitar el desgaste: en el mundo mueren más hombre por causas relacionadas al sedentarismo que por enfermedades emparentadas con virus o bacterias.

“La salud pasa factura al hombre después de los 30 años. Por eso, es necesario no esperar y hacer ejercicio cuanto antes. Del modo en que sea, pero hacerlo al fin. El ser humano desconoce lo importante de quemar calorías, de exigir el físico, de aumentar la resistencia, de transpirar; la actividad física no tiene punto flaco, valga el juego de palabras” nos confiesa un médico amigo.

¿Qué enfermedades podemos padecer por no realizar actividades físicas o ejercicios de esfuerzo? Muchísimas: desde obesidad, hasta problemas cardiacos, pasando por tantas otras igual de peligrosas y dañinas.

Las soluciones son sencillas, así que no hay excusas (no vale decir “el tratamiento es costosos” ni nada por el estilo): todo sirve. Caminar, por ejemplo, es una práctica subestimada; muchos piensan que una caminata favorece poco y nada a la salud y esto es una mentira gigante. Siempre es útil ir de a poco: para correr, antes el hombre debe saber caminar. Por eso, para todos los débiles de espíritu (es un decir, claro) se recomienda comenzar por trazarse objetivos pequeños y luego ir aumentando de a poco.

Otra siempre buena alternativa es practicar deportes en conjunto: aquí se matan dos pájaros de un tiro. Por un lado combatimos el sedentarismo y por el otro evitamos caer en estados depresivos.

¿El gimnasio? Es el paradigma del ejercicio, pero aún así podemos escoger más opciones si es que no nos interesa exigirnos a fondo pero sí cuidarnos: yoga, artes marciales, natación; las ofertas son variadas (quedarse en casa no es una de ellas)

En fin, las advertencias están hechas. No realizar ejercicio, no es un pecado pero aún así es un fallo que nos puede condenar. Sino veamos el ejemplo de Dante: el escritor, en su Divina Comedia, dentro de los círculos y embudos infernales, destinó y con tino uno de sus niveles para aquellos individuos que, sin maldad en sus corazones, desperdiciaron el regalo de la vida concluyendo existencias pobres, poco heroicas, sin anhelos ni virtudes. Nada hicieron y, por ende, tampoco nada merecen. Viven en un limbo.

Por supuesto, no todos contamos con un sabio Virgilio que nos guíe: pero sí disponemos de un parque, un gimnasio o un campo de fútbol que nos ayude a cuidar y valorar la salud. Hagamos uso de esos recursos como Dante hizo uso del poeta latino.

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